domingo, 6 de febrero de 2011

Canción triste de Dadivan…

Dadivan era una niña muy feliz, todo lo feliz que puede ser una niña con unos padres que la adoraban y que la atendían como a una verdadera princesita de 7 años. Nunca había nada que ella deseara más que lo que ya tenía, no era una niña caprichosa y costaba trabajo hacerla enfadar e incluso cuando cedían sus sonrientes defensas, los enfados apenas le duraban 10 minutos.

Tenía muchas amigas y algunos amigos a los que veía cada día en la escuela, su momento favorito, como el de cualquiera de su clase, era el recreo, donde sus fantasías volaban a través de numerosísimos juegos.

Si miramos atrás, en esos 7 años había acumulado más horas de felicidad que la mayoría de adultos en toda su vida. Quizás por eso, la vida decidió que ya era suficiente…

Aquel 23 de Diciembre, a la salida del cole, se quedó esperando como siempre en el banquito de la parada del autobús a que su madre la recogiese… Tardó mucho más de lo habitual pero por fin llegó. Dadivan se montó sonriente en el coche dispuesta a besar a su madre y comenzar, como cada medio día, a contarle todo lo que había hecho en el cole, pero su madre tenía una mirada distinta, muy complicada de interpretar para una sonriente princesita de 7 años.

- ¿Estás mala mamá?

- No hija… estoy bien. – Decía mientras se pasaba las palmas de las manos por los ojos, Dadivan pudo ver que la sombra de ojos de su madre no estaba como siempre, es como si hoy no se la hubiera puesto correctamente porque una buena parte de la sombra de ojos le recorría la mejilla. Aunque veía a su madre “rara” Dadivan no comprendía bien lo que ocurría y decidió seguir como siempre mientras su madre conducía.

Hoy en el cole Sandra no ha terminado la caligrafía y la seño la ha dejado sin recreo hasta que terminara… - Miraba a su madre buscando sus típicas señales de que la estaba escuchando atentamente, pero solo vio a una mujer gris que miraba a la carretera con la expresión neutra como si fuese sola en el coche. – Mamá… ¿me oyes? – El coche se caló con un tosco empujón.

Su madre, buscó con las manos ligeramente temblorosas las llaves del coche que estaban en el contacto, sin mirarla a la cara giró las llaves y se limitó a decir:

- Ponte el cinturón hija - Y entre lágrimas y sollozos puso en marcha de nuevo el coche…

Dadivan optó por callarse todo el camino… miraba por la ventana y buscaba a ratos los ojos de su madre que no los apartaba del vacío… estaba muy confusa porque era la primera vez que presenciaba algo como eso y no sabía qué hacer aunque una vocecita en su cabeza le sugería que no dijese nada, era como cuando alguna amiga suya se enfadaba… solo que no era un enfado… era otra cosa.

Dadivan observaba a la gente paseando por las aceras… algunas personas andaban solas, como con prisa, otras caminaban con bolsas de la compra y otras iban con sus hijos que habían salido del colegio pero iban andando.

- ¿Algún día podemos volver a casa andando mamá? – Dadivan miró a su madre, que permanecía ausente… la niña se calló y miró por la ventana el resto del camino.

No todo el mundo volvía a casa en coche y a veces Dadivan le había pedido a su madre que volvieran andando … Su madre siempre decía que estaba muy lejos, que un kilometro y medio para una niña era “demasiado cansado”. El coche estaba bien pero algún día… por variar… le hubiera gustado ir andando…

Una vez llegó a casa, Susana, la madre de Dadivan, se bajó y cogió sus muletas… podía conducir sin apenas problemas pero el caminar era otra cosa, según el cirujano que la atendió hacía ya un año, los desgarros sufridos en su pierna izquierda hacían que apenas tuviera musculatura suficiente como para caminar sin ayuda, llamó a la puerta aunque tenía las llaves, pero abrir era incómodo con las muletas. Pedro, el padre de Dadivan, abrió como cada medio día, su trabajo como jefe de su propia empresa de creación de páginas web le hacía estar muchas horas metido en casa, cosa que no era un problema si tu segunda afición, como era el caso, era cocinar.

- Buenas tardes guapa, ¿Cómo ha ido esa entrevista? – Era una pregunta retórica ya que veía en el rostro de su mujer que no había ido muy bien.

- Pues… qué quieres que te diga… no creo que me llamen, la que me hizo la entrevista era muy arisca… no se… creo que no le he caído bien… - decía pausadamente, conforme caminaba lentamente y se adentraba en la casa. Su voz era tranquila pero por dentro deseaba gritar muy fuerte.

- No te preocupes… ya saldrá algo…

La verdad es que por suerte o por desgracia, desde hacía seis meses la hipoteca no era un problema porque la habían saldado al ganar una indemnización por el accidente que le costó la movilidad de la pierna a Susana y la empresa de Pedro no funcionaba mal, no se harían ricos con ella pero podían vivir desahogadamente con un solo sueldo… al menos por ahora.

Susana llegó hasta el sofá del salón y se sentó dejándose caer de lado, dejó las muletas ordenadamente a su derecha y el bolso a su izquierda… miró al vacío unos segundos… como preguntándose algo… y el vació le respondió con aterradora sinceridad haciéndola llorar una vez más… Pedro la observaba desde el pasillo de la entrada, no sabía cómo consolarla… hacía meses que no sabía qué decir y se limitaba a acompañarla… Después de todo no podía cambiar el pasado…

Y es que ese día hacía un año ya desde que su mujer, muy disgustada por haber perdido su anterior trabajo como representante de una galería de arte, había ido a recoger a la niña al salir de la escuela, no la había besado como de costumbre al entrar en el coche, no le había dicho prácticamente nada, había conducido con la cabeza en otra parte… no había visto a aquel camión que se había saltado el semáforo…

Todo era muy confuso pero cuando despertó en aquella cama de hospital tras la intervención quirúrgica había preguntado por la niña… Pero Dadivan no había sobrevivido a aquel choque contra el camión… y en esos momentos y hasta el día de hoy, Susana se pregunta por qué tuvo que ser así…

Ella jamás se perdonó desde aquel día aunque nadie jamás la culpó de nada… quizás no hacía falta decir mucho más, ella no fue la causante de que aquel camión se saltara el semáforo… si hubiera estado más atenta a lo mejor tampoco podría haber evitado el accidente… Lo peor de todo y lo que la mataba cada día un poco más, precisamente era aquella duda…

Si al menos hubiera sido un día normal, le hubiese encantado hablar con Dadivan, haberla escuchado comentar sus idas y venidas en los recreos, sus pequeños cotilleos de clase… quería haberle dado un último beso… pero no, aquella fue la peor despedida que jamás hubiera podido imaginar…

Le hubiese gustado haberle dicho que la quería, que no estaría nunca sola y que fuera valiente. Que allí donde iba necesitaría ser valiente… se preguntaba una y mil veces por qué no pudo ser ella la que iba en el asiento de al lado… o por qué ese día, como otras veces le había pedido la niña… no podían haber vuelto andando a casa…

No se podía cambiar nada, quizás nunca se pudo por muchas vueltas que le diera a aquel día, quizás hubiera pasado de todos modos… pero y si… y si quizás habiendo estado más atenta…habiendo perdido un minuto escuchando a la niña como solía hacer…

Si lo piensas detenidamente, desde el mismo momento en el que cogemos aire por primera vez, lo hacemos para llorar. Aún no sabemos de qué va todo esto pero un tío de blanco nos da un cachete en el culo para hacernos llorar… por nuestro bien… eso dicen… eso dicen siempre…