miércoles, 20 de junio de 2012

Ella


Uno nunca sabe qué decir en estas circunstancias, uno nunca espera que su vida sea un cúmulo de sabores sosos y amargos, ¿Dónde estaba el azúcar que le prometieron? Quizás nunca hubo azúcar, quizás todo lo que le prometieron sólo fue viento que sonaba genial en el genial instrumento que era la garganta de quien le cantaba esa nana. A alguien le pareció gracioso crear un cínico proyecto de persona abocada al fracaso continuo. Quizás después de todo, debía intentar buscar ese sabor dulce en el fracaso. Una vez más, una vez más lo había conseguido, su vida era un montón de basura, una caja de herramientas llena de pedazos de hierro… no servían para nada, sólo le pesaban… y se oxidaban con él.


Cada día era lo mismo, sonaba el despertador, comenzaba el circo. Se disfrazaba el payaso y salía, con su pequeño coche abollado, su pequeño ataúd con ruedas donde cada mañana se marchitaba un poco más. A lo mejor hoy tenía suerte y un kamikaze en sentido contrario ponía fin a todo. A fin de cuentas, nunca en toda su vida había conseguido nada que mereciera la pena ser cuidado, ni siquiera él mismo, ni siquiera ella, donde fuera que estuviese…


Durante el camino por la carretera veía a otros como él, pequeñas almas adormecidas dentro de un rebaño que un pastor llamado dinero una vez creó. Ponía la radio pero no la escuchaba, simplemente necesitaba que alguien dijera algo y si pudiera ser, algo que le hiciera olvidar.

Olvidar en realidad era sencillo, por un tiempo. Luego venían de nuevo y había que volver a esquivarlos, los recuerdos eran el ayer, la imaginación el mañana y el presente… el presente era una radio encendida con alguna estúpida canción que unos gordos enchaquetados habían decidido que sería lo próximo que compraríamos. Y el circo seguía y el payaso se sabía el guion de memoria, llegaría a su sitio, sonreiría y parecería feliz, conforme… todo estaría bien. Actuaría durante ocho horas, fingiendo que le interesaba un ápice aquello que estaba haciendo… Cuando en realidad todo lo que hacía lo hacía por olvidar, porque los recuerdos eran el ayer, la imaginación el mañana y el presente… el presente eran un montón de payasos como él que también se aprendieron el guion, que también le sonreían y le preguntaban por su vida cuando en realidad lo único que todos esos payasos querían era olvidar. Olvidar en realidad era sencillo, por un tiempo.


Luego se miraba al espejo en el cuarto de baño de nuevo, con esa mueca al borde del llanto, pero no lloraba, no podía hacerlo. Su vida era perfecta según sus padres, según sus amigos, según todas esas personas que habían contribuido de distintas maneras a que él estuviese ahí en ese momento, a pesar de que nunca le preguntaron si aquel sitio donde le llevaban le interesaba en absoluto. Y era entonces, mientras se miraba al espejo, cuando su imaginación se libraba de sus cadenas y volaba, y le proponía ideas locas como irse de allí, como intentar hacer algo con su vida que de verdad le gustase. Ideas demasiado dulces, por un momento disfrutaba de lo que le mostraba ese pájaro efímero de alas doradas, lo dejaba volar un tiempo, luego se acercaba, lo acariciaba con esa ternura que se aferra a la melancolía y lo volvía a meter en la jaula, al fondo de su cabeza. En ese rincón oscuro y lúgubre donde apenas pasaba nada, sólo, de vez en cuando, se escuchaba el eco de un nombre de mujer… de ella… y luego nada.

En realidad él no aspiraba a nada más que a seguir respirando, sus fosas nasales disfrutaban con el aire al pasar a sus pulmones, su estómago cada día le pedía un poco más de comida a pesar de que sus músculos cada día se esforzaban un poquito menos. Pero es lo que había, eso era su vida, un vertedero de emociones donde la única que se reciclaba era la pena hasta convertirla en algo parecido a la alegría, no era lo mismo, era artificial, pero era lo más cerca que nunca estaría de la felicidad real así que eso le valía, eso debía valerle.


Desde que la vida le mostró que la realidad era que él nunca podría estar con ella, el resto de cosas que conformaban su universo comenzaron a carecer de sentido, cualquier cosa, por maravillosa que fuese a ojos del resto de mortales, para él era una simple anécdota. Porque él solo había querido una cosa en su vida, estar con ella. Pero la vida castiga al caprichoso y sus lecciones son tan dolorosas que a veces se pierde el sentido aleccionador en pos de un exceso de daño absurdo, porque la vida es una dura maestra y él estaba condenado a ser un alumno repetidor, así que a lo mejor se lo merecía después de todo.

Pero la realidad era que ella nunca se fijó en él. Se echó novio y aunque él no dio todo por perdido entonces, ese día tuvo noticias por una amiga común. Ella iba a casarse al día siguiente… Esa noche se asomó a la terraza de su piso, mirando a la luna esperando un milagro, ella no estaba enamorada de ese otro chico, no podía ser, por un momento deseó que fuera terriblemente infeliz con él y que recapacitara, no podía casarse… Y la luna por un instante pareció disfrutar con su pena, alimentándose de la triste historia de ese sapo que quedaría en la charca para siempre porque su princesa había besado al batracio equivocado. O quizás simplemente, el resto de sapos de la charca pensaban que todos ellos eran en realidad el perfecto príncipe y que la princesa se había confundido… ¡que estúpida!… sin embargo, todos esos sapos seguían en la charca esperándola igualmente… noche tras noche…

Por eso cuando le preguntaban por sus posibles romances, por su vida sentimental, él no sabía muy bien qué decir en esas circunstancias. Porque ella no estaba, y en realidad nunca estuvo, al menos no con él. Él solo la observaba pasar, reír, vivir, disfrutar con aquel otro chico, ella nunca le miró. Ni tan siquiera supo jamás de su existencia, pero hasta que no supo que se casaba no se dio cuenta de que era todo tan simple como que jamás iba a tener la mínima posibilidad de conseguir ese cariño que ese otro hombre obtenía sin ningún esfuerzo, ese cariño que tenía su nombre, pero que jamás recibiría. 


Y fue con ese último pensamiento con el que se despertó la mañana siguiente. Fue con ese último pensamiento con el que se cansó de todo, se cansó de las duras lecciones de la vida, se cansó del sabor amargo de la pena reciclada, se cansó de ser un payaso, de seguir un guion, se cansó de ser un sapo en una charca olvidada hacía años. Se subió a su pequeño coche abollado, cogió a ese pájaro efímero de alas doradas y lo sacó de la jaula para dejarlo volar. Entonces comprendió que ese pájaro que él pensaba que le anestesiaba con imágenes irreales y situaciones que jamás se cumplirían, que le llenaba el mundo con ideas tan frágiles como pompas de jabón, no era más que su propio deseo de romper con todo. Esta vez no iba a volver a encerrarlo, ¡esta vez iba coger esos sueños y los iba a hacer realidad!


El pequeño coche abollado ya no parecía un ataúd con ruedas, parecía el modesto comienzo que tienen normalmente los cuentos con finales felices. Hoy el payaso iba a ir de nuevo al circo, pero para decir que no volvería nunca más, que no contaran más con él para esa función. Su labio se quebró con esa idea de una forma a la que no estaba acostumbrado, se miró en el retrovisor y vio el tímido avance de una sonrisa que comenzaba a marcar su cara. Esta vez no puso la radio, no le haría falta nunca más que nadie le dijera qué debía escuchar, qué debía comprar, con qué debía estar feliz. Nunca más.

Su pájaro efímero de alas doradas volaba a su alrededor enseñándole múltiples opciones, a cada cual más loca, para cambiar el rumbo de las cosas.


Quizás fue que tenía el coche lleno de ilusorias pompas de jabón, quizás fue que no puso la radio y no escuchó la noticia, quizás fue la vida que no quiso dejarle salir de clase sin terminar el examen, o quizás simplemente, la suerte se apartó de su lado y él no pudo esquivar a tiempo a ese kamikaze que conducía en sentido contrario.


Tras un ruido tan fuerte como fugaz, un amasijo de hierros le comprimió las piernas y la cintura, escuchó crujir sus huesos, sintió como un trozo de metal le desgarraba el estómago, parecía un balón de goma viejo al que un niño cruel había atravesado con un hierro. Apenas había sangre para la dureza del golpe, pero él ya no sentía nada… o casi nada. Miró alrededor y vio como su pájaro efímero de alas doradas se marchaba y lo dejaba solo, vio como un montón de coches paraban, la gente lo miraba. Sintió que un líquido caliente le caía en la mano izquierda y miró hacia el frente. El kamikaze se había empotrado de cabeza en su pequeño coche y con su sangre mojaba su mano izquierda. Sus últimos momentos fueron para darse cuenta de que quien viajaba en el otro coche y que también se estaba muriendo era ella… Tenía el maquillaje esparcido por toda la cara y se podían distinguir los surcos que habían dejado cada una de las abundantes y recientes lágrimas que habían precedido a aquel momento. Él apenas podía moverse pero consiguió acercar la mano derecha a su rostro. Había soñado toda la vida poder tocarla, poder estar tan cerca de ella, pero aquel momento no le pareció nada maravilloso, le parecía tan trágico que el hecho de que él fuera a morir era lo que menos le importaba. Vestida completamente de blanco, parecía una princesa…

Al fin y al cabo era su princesa, pero ella ya nunca lo sabría.

domingo, 6 de febrero de 2011

Canción triste de Dadivan…

Dadivan era una niña muy feliz, todo lo feliz que puede ser una niña con unos padres que la adoraban y que la atendían como a una verdadera princesita de 7 años. Nunca había nada que ella deseara más que lo que ya tenía, no era una niña caprichosa y costaba trabajo hacerla enfadar e incluso cuando cedían sus sonrientes defensas, los enfados apenas le duraban 10 minutos.

Tenía muchas amigas y algunos amigos a los que veía cada día en la escuela, su momento favorito, como el de cualquiera de su clase, era el recreo, donde sus fantasías volaban a través de numerosísimos juegos.

Si miramos atrás, en esos 7 años había acumulado más horas de felicidad que la mayoría de adultos en toda su vida. Quizás por eso, la vida decidió que ya era suficiente…

Aquel 23 de Diciembre, a la salida del cole, se quedó esperando como siempre en el banquito de la parada del autobús a que su madre la recogiese… Tardó mucho más de lo habitual pero por fin llegó. Dadivan se montó sonriente en el coche dispuesta a besar a su madre y comenzar, como cada medio día, a contarle todo lo que había hecho en el cole, pero su madre tenía una mirada distinta, muy complicada de interpretar para una sonriente princesita de 7 años.

- ¿Estás mala mamá?

- No hija… estoy bien. – Decía mientras se pasaba las palmas de las manos por los ojos, Dadivan pudo ver que la sombra de ojos de su madre no estaba como siempre, es como si hoy no se la hubiera puesto correctamente porque una buena parte de la sombra de ojos le recorría la mejilla. Aunque veía a su madre “rara” Dadivan no comprendía bien lo que ocurría y decidió seguir como siempre mientras su madre conducía.

Hoy en el cole Sandra no ha terminado la caligrafía y la seño la ha dejado sin recreo hasta que terminara… - Miraba a su madre buscando sus típicas señales de que la estaba escuchando atentamente, pero solo vio a una mujer gris que miraba a la carretera con la expresión neutra como si fuese sola en el coche. – Mamá… ¿me oyes? – El coche se caló con un tosco empujón.

Su madre, buscó con las manos ligeramente temblorosas las llaves del coche que estaban en el contacto, sin mirarla a la cara giró las llaves y se limitó a decir:

- Ponte el cinturón hija - Y entre lágrimas y sollozos puso en marcha de nuevo el coche…

Dadivan optó por callarse todo el camino… miraba por la ventana y buscaba a ratos los ojos de su madre que no los apartaba del vacío… estaba muy confusa porque era la primera vez que presenciaba algo como eso y no sabía qué hacer aunque una vocecita en su cabeza le sugería que no dijese nada, era como cuando alguna amiga suya se enfadaba… solo que no era un enfado… era otra cosa.

Dadivan observaba a la gente paseando por las aceras… algunas personas andaban solas, como con prisa, otras caminaban con bolsas de la compra y otras iban con sus hijos que habían salido del colegio pero iban andando.

- ¿Algún día podemos volver a casa andando mamá? – Dadivan miró a su madre, que permanecía ausente… la niña se calló y miró por la ventana el resto del camino.

No todo el mundo volvía a casa en coche y a veces Dadivan le había pedido a su madre que volvieran andando … Su madre siempre decía que estaba muy lejos, que un kilometro y medio para una niña era “demasiado cansado”. El coche estaba bien pero algún día… por variar… le hubiera gustado ir andando…

Una vez llegó a casa, Susana, la madre de Dadivan, se bajó y cogió sus muletas… podía conducir sin apenas problemas pero el caminar era otra cosa, según el cirujano que la atendió hacía ya un año, los desgarros sufridos en su pierna izquierda hacían que apenas tuviera musculatura suficiente como para caminar sin ayuda, llamó a la puerta aunque tenía las llaves, pero abrir era incómodo con las muletas. Pedro, el padre de Dadivan, abrió como cada medio día, su trabajo como jefe de su propia empresa de creación de páginas web le hacía estar muchas horas metido en casa, cosa que no era un problema si tu segunda afición, como era el caso, era cocinar.

- Buenas tardes guapa, ¿Cómo ha ido esa entrevista? – Era una pregunta retórica ya que veía en el rostro de su mujer que no había ido muy bien.

- Pues… qué quieres que te diga… no creo que me llamen, la que me hizo la entrevista era muy arisca… no se… creo que no le he caído bien… - decía pausadamente, conforme caminaba lentamente y se adentraba en la casa. Su voz era tranquila pero por dentro deseaba gritar muy fuerte.

- No te preocupes… ya saldrá algo…

La verdad es que por suerte o por desgracia, desde hacía seis meses la hipoteca no era un problema porque la habían saldado al ganar una indemnización por el accidente que le costó la movilidad de la pierna a Susana y la empresa de Pedro no funcionaba mal, no se harían ricos con ella pero podían vivir desahogadamente con un solo sueldo… al menos por ahora.

Susana llegó hasta el sofá del salón y se sentó dejándose caer de lado, dejó las muletas ordenadamente a su derecha y el bolso a su izquierda… miró al vacío unos segundos… como preguntándose algo… y el vació le respondió con aterradora sinceridad haciéndola llorar una vez más… Pedro la observaba desde el pasillo de la entrada, no sabía cómo consolarla… hacía meses que no sabía qué decir y se limitaba a acompañarla… Después de todo no podía cambiar el pasado…

Y es que ese día hacía un año ya desde que su mujer, muy disgustada por haber perdido su anterior trabajo como representante de una galería de arte, había ido a recoger a la niña al salir de la escuela, no la había besado como de costumbre al entrar en el coche, no le había dicho prácticamente nada, había conducido con la cabeza en otra parte… no había visto a aquel camión que se había saltado el semáforo…

Todo era muy confuso pero cuando despertó en aquella cama de hospital tras la intervención quirúrgica había preguntado por la niña… Pero Dadivan no había sobrevivido a aquel choque contra el camión… y en esos momentos y hasta el día de hoy, Susana se pregunta por qué tuvo que ser así…

Ella jamás se perdonó desde aquel día aunque nadie jamás la culpó de nada… quizás no hacía falta decir mucho más, ella no fue la causante de que aquel camión se saltara el semáforo… si hubiera estado más atenta a lo mejor tampoco podría haber evitado el accidente… Lo peor de todo y lo que la mataba cada día un poco más, precisamente era aquella duda…

Si al menos hubiera sido un día normal, le hubiese encantado hablar con Dadivan, haberla escuchado comentar sus idas y venidas en los recreos, sus pequeños cotilleos de clase… quería haberle dado un último beso… pero no, aquella fue la peor despedida que jamás hubiera podido imaginar…

Le hubiese gustado haberle dicho que la quería, que no estaría nunca sola y que fuera valiente. Que allí donde iba necesitaría ser valiente… se preguntaba una y mil veces por qué no pudo ser ella la que iba en el asiento de al lado… o por qué ese día, como otras veces le había pedido la niña… no podían haber vuelto andando a casa…

No se podía cambiar nada, quizás nunca se pudo por muchas vueltas que le diera a aquel día, quizás hubiera pasado de todos modos… pero y si… y si quizás habiendo estado más atenta…habiendo perdido un minuto escuchando a la niña como solía hacer…

Si lo piensas detenidamente, desde el mismo momento en el que cogemos aire por primera vez, lo hacemos para llorar. Aún no sabemos de qué va todo esto pero un tío de blanco nos da un cachete en el culo para hacernos llorar… por nuestro bien… eso dicen… eso dicen siempre…

sábado, 19 de julio de 2008

Todavía en algunas noches, si miras al cielo estrellado...

Desde hace mucho, mucho tiempo, en el cielo nocturno ha reinado Luna.

Luna, era la madre de todas las estrellas, a todas las quería igual. Juntas paseaban cada noche por el cielo mirando al mundo y viendo como las personas se ilusionaban, reían, se enamoraban… y cuando algo de eso pasaba, miraban al cielo y compartían su alegría con Luna y las estrellas.

Todas eran muy felices y cuanto más felices eran, más brillaban.

Luna, que era muy coqueta, sabía muchos trucos para lucirse y hacer que todas las personas la miraran al pasar…

- ¡Mirad, hoy está llena de luz! – decía una pescadora.
- ¡Mirad! Esta noche parece que está menguando… - decía un panadero.

Luna jugueteaba con sus formas y sus luces para asombro de todas las personas y de sus propias hijas, que pese a que todas eran muy bellas, ninguna podía nunca compararse con Luna.

Entre las estrellas, había una que apenas brillaba, pero ninguna de ellas sabía qué le pasaba… Luna, que estaba muy preocupada por sus hijas habló con la pequeña estrella:

- ¿Qué te pasa hija? ¿Te encuentras mal? – preguntaba Luna con preocupación.
- No lo sé mamá… no es nada.
- ¿Pero no eres feliz, hija mía? ¡Todas las personas del mundo quieren ser tan bellas como nosotros! Les hacemos la vida más feliz. Las fiestas se hacen por la noche, los mayores romances se gestan bajo nuestra tutela. Traemos la inspiración al poeta, grandes ideas a los sabios, dulces sueños a los niños, descanso a los cansados. Somos los confidentes de los solitarios, los únicos testigos del amor de los enamorados… ¿Qué más se puede pedir?

La pequeña estrella no dijo nada, pero se moría por gritar a los cuatro vientos que no quería ser todo eso, que quería ser una de esas personas.

Quería ser la joven que sale de fiesta por la noche a bailar, el poeta que traza con un lápiz el recorrido hacia su corazón, el niño que sueña con ser un héroe de mayor, el solitario que añora compañía, la enamorada que durante esa noche desea que se pare el tiempo. Quería ser cualquiera de ellos. Pero eso no podía decírselo a Luna ni a sus hermanas, ellas eran felices así, no comprenderían jamás a una pequeña estrella que apenas brillaba.

La pequeña estrella aprovechaba que pasaba desapercibida para alejarse algunas noches de la compañía de su madre y sus hermanas y pasear sola, mirando a las personas vivir sus vidas, a veces felices, a veces tristes… Envidiaba a todas ellas.

Una noche, en uno de sus paseos, añorando la vida que nunca podría tener, escuchó una trompeta solitaria que sonaba triste, como una llamada de auxilio en la noche. La estrella se dejó guiar por aquella melancolía hecha música que de alguna forma, parecía contar la vida de la propia estrella… Cuando llegó a un tejado, en la azotea de un edificio, había un hombre de mediana edad, rasgos marcados por el paso del tiempo que no lo había sino hecho más apuesto de lo que posiblemente hubiera sido de joven. Unos ojos casi cerrados dejaban caer una lágrima que corría torpemente por el accidentado paisaje que dibujaba su rostro, casi como queriendo escapar de la amargura que por dentro le consumía. La estrella no necesitó mucho tiempo para comprender que eran almas gemelas y todavía necesitó menos para sentir algo parecido a lo que tantas veces había visto en algunos enamorados.

Ella, que estaba muy acostumbrada a escuchar música, no había oído jamás algo como eso. Era una música diferente, que parecía contar una historia de soledad, algo que el trompetista compartía con su furtiva espectadora más de lo que ninguno podía imaginarse.

Al terminar la noche la estrella volvió con sus hermanas, estaba muy ilusionada con su descubrimiento de aquella noche y pensaba volver todas las noches que el trompetista siguiera ahí.

Pero a la noche siguiente, la pequeña estrella no pudo despistar a sus hermanas ni a Luna, pues aunque no se había dado cuenta, estaba empezando a brillar como las demás y pese a la alegría de todas sus hermanas y al orgullo maternal de Luna, la pequeña estrella no quería estar allí, quería volver a oír esa música y aunque pidió a su madre que la dejara ir, Luna le dijo que no podía bajar tanto porque podía hacer daño a los ojos de la gente y los asustaría. La pequeña estrella lloró desesperada y entre lágrimas volvió a escuchar levemente aquella música. Sonaba muy levemente pero prestando la suficiente atención, la pequeña estrella podía escuchar e incluso ver al trompetista. Cada noche que pasaba, la estrella brillaba más y más por la ilusión y la felicidad que albergaba, pero cuanto más brillaba, más le obligaba Luna a alejarse de la tierra y más lloraba la pequeña estrella, que aunque se había convertido en la más bella de todas, veía su situación como una maldición. Ella nunca había querido brillar, ¿por qué brillaba cada vez más? ¿Era eso que sentía algo bueno? ¿Era acaso amor?

Pasaron los meses y la estrella estaba tan lejos que ya prácticamente no podía escuchar aquella música, ni ver a su amado trompetista. Sus hermanas no paraban de intentar animarla pues su belleza la hacía ser la más popular de las estrellas. Pero ella poco a poco comenzó a volverse más callada, temía que si decía algo, pudiera perderse alguna tenue nota de música, era lo único que escuchaba a veces. Sin embargo, el recordar melancólicamente aquella noche una y otra vez la mantenía brillante y preciosa.

Pasaron los años y un buen día, no escuchó música alguna. Al principio lo atribuyó a que estaba demasiado lejos, pero aquellos días silenciosos se fueron repitiendo. Al cabo de unos meses la estrella comenzó a brillar menos pues el recuerdo del trompetista se fue nublando y la tristeza de la estrella volvió a surgir poco a poco. Con permiso de Luna, y conforme perdía brillo, se fue acercando un poco más a la tierra pero seguía sin escuchar nada y cada noche que pasaba sin oír esa música se apagaba un poco más. El llanto amargo de la pequeña estrella era silencioso, no podía permitirse el lujo de emitir algún sonido que pudiese tapar alguna nota musical de su amado.

Cuando un día volvió a ser una estrella que apenas brillaba, fue rápidamente a aquella azotea, pero en lugar de un bloque de pisos se encontró un rascacielos de una multinacional, pensó que había olvidado el lugar exacto desde donde escuchó por primera vez aquella música y siguió buscando sin éxito alguno. Tanta prisa se daba por encontrarle. que comenzó a dejar tras de sí un reguero de la propia luz que iba perdiendo.

Sin embargo, la luz nunca se perdía del todo porque había algo en su interior que provocaba más y más. El recuerdo de aquella noche, de aquel misterioso músico que sin saberlo, había capturado un corazón al que nunca podría corresponder, le acompañaría para siempre.

Todavía en algunas noches, si miras al cielo estrellado, a veces, solo a veces, puedes ver a la pequeña estrella surcando el cielo dejando tras de sí su propia ilusión hecha luz.

He olvidado decir que aquella pequeña estrella se llamaba Fugaz. Quizás en su honor se dice que la vida es Fugaz, pero el amor es eterno.

martes, 20 de mayo de 2008

NO SUFRAS MÁS, HERMANITO

Esta noche todo va a cambiar hermanito, todo va a cambiar.
Ya no vas a sufrir más, ya no más médicos, ya no más hospitales, ya no más agujas ni más jarabes.
Es esta noche la escogida para que tus ruegos se cumplan, ya he descubierto lo que pasa, Dios no te escucha. Sí, ríete, pero tu hermanita de casi ocho años se ha dado cuenta de una cosa, me sacas dos años pero tu nunca te has podido dar cuenta porque siempre estabas malito, es normal.
¿Recuerdas que jugábamos a que teníamos otra hermana que era mayor y que nadie más podía ver? Pues hoy viendo la tele me he dado cuenta de algo.
He visto un hombre morir durante el telediario, lo han puesto todo hermanito, no quería mirar pero no pude contener mi curiosidad. Era un hombre que vestía de forma diferente a los que le mataron, no se por qué lo hicieron pero se veía al hombre rezar a Dios para que aquello no le pasara, pero le pasó.
Dios no pudo salvarlo, ¿te has dado cuenta de que lo que nos dice la Madre Carmen no es del todo verdad? Ella siempre dice que recemos, que le pidamos por nuestras familias, y claro, eso es lo que pasa. Imagínate a todos los niños y padres del mundo rezando cada día pidiéndole favores, es imposible que Dios pueda ayudar a todos y cada uno de ellos y entonces claro, cuando a alguien se le olvida rezar pues le pasan cosas malas.
Pero ya no te preocupes que yo he dejado de rezarle para no distraerlo.
Llevo unos días sin rezarle pero tu no mejoras, además ayer vi a mamá llorando agarrada al teléfono, estaba hablando otra vez con el médico, creo que mañana otra vez volverán a darte los rayos malos y se te caerá otra vez el pelo. Pero no te lo he dicho, mamá tampoco porque no quiere verte triste.
Pero yo no quiero verte más triste y creo que Dios tampoco quiere verte triste pero lo que pasa es que él no sabe como estás porque todo el mundo le reza, si solo le rezaran las personas que de verdad necesitaran su ayuda...
Pero no te preocupes porque esta noche se va a enterar de lo que te pasa.
Te digo esto ahora que duermes porque sé que no te gustaría oírlo si estuvieras despierto y he visto en la tele que si te lo digo mientras duermes también me vas a escuchar, pero te hablo bajito para que no se despierte papá y me riña por no estar en mi cuarto. Así que sigue durmiendo, ahora voy a bajar a la cocina, voy a coger el bote que mamá usa para limpiar y me lo voy a beber. He visto en la tele que un hombre se mató bebiéndose un vaso de veneno, pero como no tenemos eso creo que el bote verde que mamá nunca nos deja que toquemos hará más o menos lo mismo.
Así que creo que dentro de unas horas dejaré de ser tu hermanita para ser un angelito, y cuando llegue arriba voy a hablar con Dios, y le voy a contar lo mucho que lloras, lo mucho que te duele y lo muy malito que estás. Seguro que mañana o pasado Dios te cura, le voy a decir todo el rato que te cure y hasta que no lo haga no voy a parar. Cuando despiertes estarás mejor.
Gema dice que los niños no van al infierno así que no te preocupes por mí.
Ya no volverá a llamar el médico, y mamá no volverá a llorar, papá dejara de gritar por todo y tú te pondrás bien. Y podrás por fin patinar con tus amigos, y montar en bici y salir de excursión a la playa y bañarte como los demás niños.
Por mí no te preocupes, porque cuando estés curado bajaré para estar siempre a tu lado y para decirle a Dios que no os pase nada malo. No hace falta que me lo agradezcas, lo único que te pido es que sigas jugando a que tienes una hermana invisible, pero esta vez aunque no puedas verme estaré jugando contigo.
Te quiero Pablo. Buenas noches.

martes, 13 de mayo de 2008

CASI COMO DORMIR

Cuando despierto siento nauseas, mi cuerpo lleva sintiéndolas un rato pero es justo ahora cuando mi cabeza se da cuenta de que en realidad antes nada era real, el juego se ha terminado, ahora empieza lo de verdad.
Una luz apenas ilumina toda la estancia, me muevo y un tintineo de cadenas me siguen, ¿son mías estas cadenas? Creo que me sujetan a la pared.
Tengo mucho sueño, me duermo. No me puedo dormir, me tumbo y me quedo quieto, es casi como dormir.
Despierto o abro los ojos, un tiempo sentado descansando me deja observar que la estancia puede ser un garaje, parece muy sucio y huele como un gallinero. Acabo de descubrir que la cadena, sujeta a un collar de acero que llevo puesto y sujeta además a la pared, es lo que tintinea cuando me muevo.
Suena como un dulce timbre de bici. He montado en bici, no. No lo he hecho, lo hice antes, antes de ser lo que soy ahora. Ahora no puedo montar en bici.
Se ha abierto una puerta y me levanto, me duelen mucho las rodillas pero cuando las miro me doy cuenta de que apenas llevo un pantalón vaquero hecho jirones y estoy sin camiseta y sin botas, una camiseta de una calavera tenía antes, ahora no, ahora no puedo. No recuerdo como eran mis botas.
La mujer que me capturó me observa con desprecio. No entiendo cómo puede despreciarme, es preciosa, yo la hubiera amado antes, ¿he amado antes?, ahora no puedo.
Una mujer que podría llamarse Miranda se acerca a mi captora y la besa. Cuando la saluda, un beso breve, sus labios no se mojan. Pienso en romper mis cadenas y besarlas, una parte de mí siente el deseo, la otra sólo siente hambre y cansancio. Quiere que todo deje de dar vueltas. Pero ya no puedo besarlas, ya no puedo.
Miranda me escupe, no es la mejor forma de tratar a alguien, pero al menos mis labios se mojan cuando con mis dedos llevo su saliva a mi boca, en ese momento ella piensa algo malo de mí. No sé que me está diciendo, antes hubiera podido oírla, ahora no puedo.
Tengo un casco en la cabeza, no me tapa la cara, sólo la cabeza, cuando lo toco me corto, me duele mucho un dedo, pero lo miro y ya no lo tengo, me duele mucho. ¿Nadie va a curarme? Miranda ya se ha ido y mi captora habla por teléfono, yo antes tenía un teléfono. Antes podía haber hablado, cuando tenía cosas que decir, ya no, ahora no tengo nada que decir a nadie, todos se han ido y me han dejado solo. Nadie debería quedarse solo, nunca dejaré a nadie más sólo, ya no.
Mi captora se va, se abre hacia arriba la puerta del garaje, al final era un garaje. Una luz muy fuerte y mucho ruido vienen de fuera, no quiero salir, pero mis cadenas se caen, creo que quieren que salga. A lo mejor cuando salga no estoy más tiempo solo. Mientras camino me duelen mucho las rodillas y mi dedo cortado, la cabeza me pesa mucho por culpa del casco. Voy con la cabeza medio agachada y veo unas letras en mi pecho escritas en morado.Pienso en que me gustaba mucho antes ese color, ahora ya no. Cuando salgo del garaje estoy en un círculo muy grande de arena, hay gente alrededor, me acerco a la gente, han puesto vallas. Sigo estando solo.
Una mujer se acerca a mí desde el lado opuesto de donde está mi garaje, pero creo que también está herida, camina tambaleándose, cuando se acerca puedo ver las heridas que tiene por todo el cuerpo, tiene otras letras escritas en rosa, no me gustaba antes ese color, ahora tampoco.
La mujer se acerca a mí, ¿también está sola? Le han puesto una espada en la mano, creo que ya no tiene mano. Me clava la espada y me hace daño, ¿por qué todo el mundo me hace daño?
Antes todo era perfecto, ahora ya no lo es, esto es la realidad, y esa mujer quiere matarme, la mataré yo a ella entonces.
La mujer me clava la espada en la barriga y siento como me atraviesa, me duele mucho pero no puedo hablar, ya no puedo. Así que la cojo por la cabeza y le muerdo la cara. Ella tampoco puede gritar, pero sé que le duele porque ya no tiene nariz y eso duele. Sigo mordiéndole la cara hasta que la mujer deja de apretar su espada en mi barriga, luego cae al suelo. Yo sé que antes la hubiera dejado en el suelo, pero ya no, esto es real, me gusta mucho como sabe, debo devorarla.
El público está gritando una sola palabra, creo que es el nombre que tengo escrito en el pecho pero eso me da igual, debo comerme a la mujer para calmar mi dolor, es lo único que puede calmar mi dolor por seguir estando en pie. No vivo, pero en pie, y eso duele.
Miranda se acerca con un lazo, me atrapa y me ata cuando ya casi me había terminado de comer a la mujer que también estaba sola, me arrastra por el suelo, ella va en una moto. Tengo mucho sueño, me tumbo y dejo que me encadenen, siempre lo hacen igual, creo que esta vez morderé a mi captora cuando me cosa el dedo, acabo de recordar que no llevo un casco, tengo la cabeza atravesada por cristales.
El dolor ya no aparecerá durante un tiempo, pero sigo estando cansado. Tengo mucho sueño, me duermo. No me puedo dormir, me tumbo y me quedo quieto, es casi como dormir.

domingo, 11 de mayo de 2008

QUIZÁ NUNCA PUDISTE OIRME DESPUÉS DE TODO...

Hay que ser estúpido para pensar que ella era algo más que una mujer. Las mujeres se terminan cansando de que las trates así, ¿sabes?. Sigue ahí tirado en la cama, pero no te duermas todavía, quiero decirte un par de cosas.
Sé que recuerdas nítidamente el momento en que te lo dijo, “vas a ser padre”. Te guste o no, vas a ser padre.
Acababas de llegar tras un duro día en la fábrica apretando tuercas y más tuercas de aquellas sucias carrocerías. Sólo necesitabas tomarte una cerveza mientras veías el partido, pero ella tuvo que estropearte la tarde con esa mala noticia. ¿Qué esperabas?. Algún día tenía que pasar, a veces los anticonceptivos fallan.
Tu actitud amigo, tu actitud sería un buen tema de debate. Gritarle insultándola para que abortara no iba a ser la respuesta, la violencia nunca es la respuesta... siempre te lo digo y tu nunca me escuchas.
Era normal que algún día contestase a tus acostumbrados insultos. Te voy a contar un secreto, las mujeres también son personas como tú y tienen un cerebro y un corazón, como tú.No entiendo como puedes aguantar cada día las broncas del enano de tu jefe y no soportar que ella te dijese esas cuatro cosas tan bien dichas. Era necesario que lo supieras, yo también quería decírtelas, pero nunca me escuchabas.Necesito que te concentres, aún no te vas a dormir, ¿verdad?. No sin antes escuchar lo que tengo que decirte.
No debiste cogerla por el pelo, no debiste golpearla con la llave inglesa. ¿Qué pretendías arreglar?. Te decía que pararas, te lo decíamos ambos, pero nunca nos escuchaste ¿verdad?.¡Los mataste! Mataste a tu mujer y también al hijo que llevaba dentro. ¿Soluciona eso tus problemas? ¿Tu jefe va a gritarte menos mañana? ¿Tus compañeros dejaran de darte de lado en el trabajo? ¿Tus padres volverán a hablarte?
Siempre has escogido el camino fácil, ser egoísta y tirar para delante. Siempre estuve allí, contigo, para pedirte que reflexionaras.
¿Recuerdas a Sara? Para ti era solo un polvo fácil y cuando pasaste más allá del coqueteo la cosa se complicó. Hiciste lo de siempre, ser egoísta y tirar para delante. Violar nunca está justificado, te lo dije en su día y te lo repito ahora.
Cuando pudiste elegir entre estudiar o irte con tus amigos de la Universidad de discoteca también te aconsejé... pero como siempre elegiste el camino fácil. ¡A veces no sé ni por qué me molesto en hablarte!
Cuando le pegaste a aquel chico con gafas solo para hacer reír a esos que se hacían llamar amigos tuyos también te advertí, pero me ignoraste, ¿dónde estaban ellos cuando la policía te cogió a ti como único sospechoso del robo de aquél coche? Ellos buscaron coartadas entre unos y otros y te dejaron con el culo al aire. Pero claro... unos cinco años de cárcel no te enseñaron a escucharme.
¿Y ahora qué? tienes sueño claro, no vas a escucharme.
Si me hubieras escuchado cuando lo de Sara, si me hubieras escuchado hace un momento antes de matarla....
Pero ahora ni tú ni yo podemos hacer nada.
No tengo más consejos para darte a partir de ahora, has cogido sus pastillas, te las has tomado todas con unos vasos de whisky. Cuando te duermas no volverás a despertarte, veintitrés pastillas son demasiadas. Como siempre has elegido el camino fácil. Es duro estar dentro de una cabeza tan dura como la tuya, ahora toca morir supongo. Qué manera más miserable de pasar por esta vida, solo haciendo daño. Si tan sólo me hubieras escuchado alguna vez...
Yo lo hubiera llamado Carlos, como papá... ¿Por qué no pudiste hacerme caso nunca? Yo no hubiera violado a Sara, ni hubiera pegado a nadie, ni hubiera huido de casa para que papá dejara de controlarnos... Hubiera hecho algo más en la vida que trabajar y beber cervezas. Ya nunca sabremos como hubiera sido de mayor, ni si se parecería a mamá o si tendría tus ojos. Te odio.
Ahora duerme, quizás nunca pudiste oírme después de todo...